No suelo escribir cuando los rayos del sol caen sobre mi ventana, suelo ser amiga de la luna. Quizá porque en la noche la sinfonía de la calle, los carros, las personas, es más tenue, mis vecinos no están en la alberca gritando cosas que ni siquiera entiendo, puede ser que en la noche soy más yo, puedo escuchar mejor eso que por las tardes me grita.
Mis notas se han convertido en una especie de bitácora personal, porque un diario definitivamente no, ese lo tengo guardado en el cajón más inaccesible, hay cosas que son demasiado mías.
Debido a la incompatibilidad de mi rutina con mi mundo de aficiones y sueños, no me ponía escribir, a darle una ojeada a mi vida. Escribo, porque me hace pensar, me recuerda las cosas que suelo olvidar, a darme mi tiempo aunque el mundo siga andando, es como meter un freno de mano y ponerme a escuchar esa bella melodía. Escribir me hace la vida más ligera y agradable, le da ese toque artístico. Considero que el arte es la magia de la vida, con ella podemos hacer qué un plato de sopa sea completamente interesante.
Escribir, entre otras actividades más, es esa vía alterna de la espantosa rutina, le da sentido a mi vida.
Con esto no quiero decir que se pongan a escribir y sean felices, sino que sus vidas tengan sentido siempre, eso es lo que te da la felicidad.
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